lunes, 9 de octubre de 2017

BR 2049

Esto es una suerte de reseña / comentario sobre Blade Runner 2049 (BR2049), dividida en dos partes: un comentario general y luego un comentario con spoilers. 

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Hay un problema de escalas en BR2049. No es lo que dura, que no me parece demasiado más allá de la incomodidad que pueda causar a algún espectador. Es la escala de la historia, y la escala de la realización.  

Parte de lo que hizo a Blade Runner la película que fue, tenía que ver con la manera como el envoltorio confundía el fondo. Una historia de detectives simple, para nada trascendental, envolvía una reflexión sobre qué es ser humano y qué es explotar a tus semejantes. Cuando uno miraba un poco por debajo de la que aparentaba ser la historia (la captura de los replicantes en fuga) encontraba un tesoro. Todo esto además, decorado con un diseño de producción espectacular y una realización muy lograda. 

Los críticos en 1982 vieron primero la historia de detectives y notaron sus fallas: personajes poco logrados, casi en caricatura; trama confusa y espasmódica; errores de continuidad y de ejecución bien groseros. El resultado fue una condena masiva: película poco lograda, poco convincente. Los que fueron a ver una película de ciencia ficción vieron algo distinto: una mascarada que mostraba un audaz mundo nuevo; una nueva materia para hacer nuestros sueños, o nuestras pesadillas. Batty al morir que nos conmueve hasta las lagrimas que se perderán en la lluvia; Sebastian tratando de ser feliz en su debilidad y siendo víctima de ella; Tyrell, para variar, el demiurgo destruido por su creación; la fuga trunca, rehabilitada por Scott al quitarle el ridículo happy ending forzado por el estudio. 

Podemos discutir si se trata de una obra profunda o significativa, pero Blade Runner fue una obra que tocaba una fibra concreta que apenas se manifestaba en la imaginación detallista del futuro. Jordan Cronenweth, el director de fotografía tras la dirección de Scott, logró crear una paleta de imágenes poderosa, que permitía enmarcar la reflexión sobre la humanidad de manera casi perfecta; qué decir del diseño de producción, que desde el saque, con esa visión infernal de Los Angeles en llamas, impacta a cualquiera. Que la trama, que los personajes, que la continuidad: nada importaba. No necesitas ser Shakespeare para marcar un hito narrativo, aunque sea por un tiempo. Salir del cine imaginando cómo enfrentar un replicante y terminar aprendiendo gracias a él qué es ser humano, sumergidos en la lluvia y las aglomeraciones confusas de ese Los Angeles incomprensible: eso era lo que hizo a Blade Runner el referente mítico que todavía es. 

Pero parte de la gracia es que Blade Runner es un ejemplar de una especie casi extinta: la película para adultos de mercado medio. El cine de Hollywood ha sufrido una transformación brutal que significa que una película financiada en parte independientemente, con apenas un acuerdo de distribución con un estudio, no puede ser “genero”, es decir ser calificada en un genero especifico como la ciencia ficción, sin estar dirigida de manera explícita a ese mercado. Es decir, una película de terror puede ser relativamente barata porque su marketing y distribución se organiza alrededor de un publico definido; similarmente para comedias románticas o películas  infantiles. No hay espacio para películas para “adultos”, es decir para un publico mayor de 21 y que no descansen en una apelación global, simplificada; el género no permite seriedad, solo pastiches. 

El día que vi por primera vez BR2049, un trailer de Titanes del Pacífico agredió mis sentidos. No siendo aficionado a ese tipo específico de película, no logré diferenciarla de Transformers o incluso de los Power Rangers hasta que el titulo apareció en pantalla. No digo que sea una película buena o mala: es una película definida en los términos de su género, y dirigida a un publico enorme que espera que las convenciones del genero sean respetadas. En ese contexto, una película como Blade Runner, que es “género” pero que no responde a las escalas y demandas comerciales de lo que ahora es dicho “género”, no existe. Como el Terminator original, no hay espacio para hacer una película así sin la expectativa del blockbuster, de millones invertidos para lograr millones de ganancia; esto aunque hayan más “Rey Arturo: La Leyenda de la Espada” que películas que rindan lo esperado. No mencionemos intenciones artísticas: lo importante es el éxito. 

Entonces BR 2049 tenía que ser un evento: es una superproducción, que tiene que lograr que mucha más gente que aquella que podría interesarse orgánicamente en ella vaya al cine, pagando por la cancha y demás accroutrements de la experiencia contemporánea de una sala de cine. Esto le da medios al cineasta pero también lo obliga a responder a ciertas demandas. 

Obligados a tener un evento, casi un tentpole film, que satisfaga a los viejos fans pero que capture a nuevos espectadores, con presupuestos desbordados y nombres reconocibles, la distancia entre el modesto original y el intento de blockbuster contemporáneo es notable: en la primera apenas Harrison Ford era un nombre conocido; ahora tenemos a Jared Leto actuando de Jared Leto, a Ryan Gosling luego de La La Land, a Robin Wright haciendo de Claire Underwood en una oficina del futuro, y a otros jóvenes o no tan jóvenes recibiendo todo el foco de la atención porque están en la esperada secuela (que en realidad nadie esperaba) que tiene que ser un éxito (como no lo fue la original) y que además debe ser un reflejo de la visión singular del primer director pero también el producto original y definido  de la sólida mano de una estrella emergente como Denis Villenueve. Deakins tiene que ganar un Oscar (finalmente) como no lo consiguió Cronenweth; si el diseño de producción ganó premios (en el Reino Unido, curiosamente) esta vez los Oscares deben llover sobre todo el equipo, sonido incluido; y la música, oh, la música: Vangelis vivirá en un panteón al que ni Hans Zimmer ni nadie puede llegar gracias a sus piezas originales. 

Demasiado junto. BR 2049 tiene que servir a tantos amos que parece mentira que pueda funcionar. 

Y lo hace. Es una gran película, en los términos y confines del genero cinematográfico en el que se encuentra. No es para llevar a alguien que no sienta afinidad por las virtudes y temáticas que expone, y ciertamente incluso para el aficionado marginal la experiencia puede ser agotadora en su extensión. Pero es un artefacto impecable, visualmente impactante, sonoramente apabullante y con metáforas y escenas que pueden inspirar a generaciones. 

(…hic sunt spoilers…)

Aparte del ya mencionado problema de escala, derivado de la lógica comercial de Hollywood, BR 2049 adolece de ser demasiado importante para la humanidad. De pronto, ya no es un caso policial: es la posibilidad de una alteración del orden natural, más allá del caos momentáneo que un replicante agresivo puede causar. Podemos postular que la Corporación Tyrell colapsó por la ausencia de su fundador, asesinado por Roy Batty en su búsqueda de respuestas; pero eso es daño colateral. Aquí en cambio, Jared Leto quiere dominar al mundo a través de los hijos de replicantes que al parecer podrá controlar a punto de ingeniería genética y megalomanía, y apenas la terquedad de Joshi y la dedicación casi escolar de K pueden impedirlo. Los secretos ocultos en la memoria (¿real? ¿implantada?) de K solo cobran importancia gracias a que Leto los quiere. 

Deslizándose por la superficie de la desbaratada cosmopolis, K vive una vida tan aburridamente burguesa como la tecnología se lo permite. El prejuicio anti “skin jobs” es brutal pero curiosamente no parece preocuparle; la convivencia con formas alternativas de conciencia, como Joi, está naturalizada por completo. El LA de Her ha sido pasado por un basurero decimonónico, inorgánico, digno de Dickens;  y luego por los desechos de la civilización por venir, para resultar en la Los Angeles sin más luz que el neón y los hologramas gigantes. Desolada, la humanidad convive consigo misma sin mucha más ilusión aparente que sobrevivir, sin el ideal revisionista de la fallida Elysium para sostenerse. No hay esperanza; ¿para qué hay policía? 

Esa es la primera cosa que salta a la vista, y que quizá por sesgos profesionales me llame más la atención. Wallace Corp. parece dominar el mundo, no habría un estado y su aparato, pero sí policía, que no trabaja para ellos pero es vulnerable por completo. Un recurso distópico que no me calza, o que no se elabora lo suficiente. La agresión performativa que es Jared Leto termina de complicar ese ángulo de la película; del otro, de la resistance, el bosquejo es demasiado apresurado, apenas dos escenas inconexas y hay que asumir la presencia de una señora (singularmente mayor) para que creamos en semejante alternativa. Las luchas de poder que parecen ser el motivo de la historia son débiles, y hacen frágil la trama. 

La búsqueda misma entonces pierde fuerza, porque si se supone que es la lucha por la vida misma, por el futuro de la tierra, solo vemos el ejercicio individualista de un replicante confundido tratando de encontrar sus propias raíces. ¿K busca su identidad, asombrado al descubrir que sus recuerdos son reales y por lo tanto, suyos (interesante, muy lograda prestidigitación)? O quizá K es un angel vengador, o tal vez solo quiere entender las preguntas nunca formuladas, antes que recibir las respuestas. 

Si la potencia de Blade Runner está en las preguntas subyacentes, la debilidad de BR2049 esta en sus respuestas implícitas. Los replicantes no tendrán alma pero tienen voluntad de poder, quieren ser libres. Ergo, son algo más que replicantes pero algo menos que humanos; si se pueden reproducir, ¿son híbridos, si Deckard es humano, y por lo tanto infértiles? ¿O son puros y fértiles, si Deckard es replicante? No vamos por ahí, solo por afirmar su vocación de libertad, de no ser esclavos. El por qué no queda claro, ni siquiera como una pregunta. 

Esa debilidad hace que BR2049 sea más espectáculo que Blade Runner pero menos poema que su original. La ausencia de algún soliloquio potente incide en esta carencia del ser; la idea de libertad no tiene un origen claro pero tampoco es una premisa, y ambas ausencias nos impiden preguntarnos el por qué de la vocación por la libertad; el contraste con la pregunta implícita sobre qué es ser humano de la primera, pregunta que nacía sola desde los soliloquios o las simples afirmaciones de hecho (“but then again, who does?”), nos deja en cierto paramo existencial. La lucha de K no tienen las resonancias ontológicas de la búsqueda fallida de Batty.  El mal es demasiado grande para la cuestión tan precisa que nos lleva a la sala de cine; el bien no se logra articular. La conspiración por la libertad es un desaliñado borrador, que no logra convencer; el deseo de poder es apenas los disfuerzos de un actor mal escogido. 

Pero la saturación sensorial, la capacidad de meternos sin remedio en un mundo apabullante y desalentador, sí son perfectas. BR 2049 ocupa el mismo universo emocional que Blade Runner, pero no se preocupa por las mismas emociones. Eso no impide que podamos experimentar las búsquedas como ejemplo perfecto de construcción de mundos, de eso que el cine sigue teniendo como epitome y gloria. BR2049 nos sumerge en una hondonada de emociones que invocan un pathos mucho más denso que cualquier otra película con vocación de blockbuster. El tempo de la exposición es calmo, y funciona: el descubrimiento del juguete abandonado en el memory hole del orfanato infernal por K; el aserto de la veracidad de las emociones por la Dra. Stellini; la muerte de Joi, pero sobre todo el regreso al simulacro que luego enfrenta K: todos esos momentos son magnificos y dejan marca en la experiencia de emociones. 

El momento glorioso, ahi donde BR2049 podrá reclamar un lugar en el panteón, es la escena de amor. Todo lo que se pudo imaginar hasta ahora, aunado al uso de tecnología para contar una historia (en vez de subordinar la historia al sonido y la furia de la tecnología), aparecen en ese increíble instante en que de pronto las dos realidades, la replica biológica y la construcción digital, se funden en una mujer para que el simulacro orgánico tenga lugar. No hay sexo, quizá porque mostrar una petite mort involucraría un conjunto de emociones demasiado complicado para los que no sabemos si están vivos. Pero es una escena sincera, emotiva y emocionalmente, y que nos abre más puertas que las que cierra. Si se puede amar siendo un holograma, ¿para qué hemos de reclamarnos especiales en nuestros desamores? 

Todo eso, más la limpidez narrativa de Villenueve —que incluso en los momentos más literalmente turbios logra mostrarnos una historia clara y sin rodeos— hacen que el resultado sea digno de las casi tres horas que toma. Se sale del cine contento y con ilusión, pero un vago deseo de ambición subsiste. Es una película que envuelve y sacude aunque no sea para nada perfecta, y sobre todo, no sea tan provocadora como la primera. Es una experiencia que vale la pena pero que deja el sinsabor de lo que no se llegó a decir. Lástima. Lo que dice es hermoso, duro y potente, y sin el antecesor sería más que suficiente. Frente al espejo de hace 35 años, queda un vacío. 





jueves, 5 de octubre de 2017

Blade Runner, o la utopia no deseada

Hoy, 5 de octubre de 2017, se estrena la secuela de Blade Runner.

No, no era necesaria. La película original es una obra cerrada que no requiere una continuación, que no fue diseñada para ella, y que bien podía quedarse sola, incólume al riesgo de ser destrozada por un desavisado productor ávido de extraerle dinero a los fans. Pero existe la secuela.

No, no fue una película bien hecha. Su trama es relativamente simple, fue filmada con apuro, y fue víctima de las obsesiones del director, que prefirió gastar energía y dinero en la escena del salón de Tyrell antes que en la continuidad; que permitió que se estrenara con bloopers de sincronización de audio o de doblaje memorables por su torpeza; que finalmente incluyó torpezas como la "escena de amor" entre Deckard y Rachel, tosca y francamente árida.

Pero lo que logró Ridley Scott fue crear una obra audiovisual que más allá de la trama simple o las fallas de estructura, explotaba el medio hasta un resultado magnífico; y se conectaba con la tradición de la literatura fantástica / especulativa tanto en trama como en escenas individuales, ofreciendo trascendencia y emoción al lado de apelación al intelecto.

Es decir: visualmente espectacular, pero provocando preguntas y diálogo poderosos, en la mejor tradición de la ciencia ficción, Blade Runner pasó de ser una película menor, sin éxito, a un clásico. Construyó no solo un mundo sino un referente narrativo, y no solo cinematográfico. Un mundo horrendo, del que jamás se podría hacer una serie de television porque saldríamos corriendo; un mundo desolado, en el que los ecos de la tragedia ecológica que es central a la novela en que se inspira resultan claramente desalentadores. Un mundo donde el paraíso no está al alcance, ni siquiera como imágenes concretas. La versión adulta de la tierra de Wall-E, digamos.

Luego de años de optimismo inspirado en el potencial tecnológico, que culminó con las misiones a la Luna y con cine como 2001, la Tierra volvió a ser el locus de la imaginación. Dejamos de ilusionarnos con el futuro que traerían otros o que construiríamos, para pensar en lo que haríamos con nuestro hogar. El pastiche de novela negra con devastación ecológica, insinuado más que explícito, que se construyó en Blade Runner, fue lo que permitió detenernos y pensar en la realidad que venía y qué significaba ser parte de ella. Pensar en utopía indeseables se convirtió en el nuevo ideal.

Entrar al cine en el lejano 1984 (por esas cosas de la vida, recién la vi dos años después de estrenada, luego de perseguirla sin éxito hasta por tres países), y ser confrontado con los planos iniciales, fue una saturación sensorial única. Ahi la película te capturaba o te dejaba sin interés: formado en casi dos décadas de viajes espaciales y ciencia ficción de todo tipo, ver esa imagen simplemente me dejo atónito y me hizo sumergirme en las sensaciones y las ideas, antes que en la historia, que se nos presentaba en la pantalla. Las críticas de la época no fueron nada generosas, porque vieron una película con huecos narrativos y actuaciones gruesas: los que teníamos la sensibilidad adecuada vimos una metáfora sobre la condición humana disimulada en una novela negra y con los visuales más espléndidos, decadentes y detallados que se habían hecho hasta entonces. De la azúcar y crema chantilly de Star Wars al café espresso de Blade Runner hay el mismo salto de una matinee infantil a una cena de adultos. Eso se sentía al verla: una película en serio que presentaba hermosamente, temas serios.

Como buen fan, la he visto más veces de lo que puedo recordar: en el cine, en television y doblada, en cable, en DVDs, en archivo descargado. He visto las cinco versiones y he comparado mentalmente cada una. No tengo solo escenas favoritas: tengo planos favoritos. Cierro los ojos y puedo ver un Spinner descendiendo frente al Bradbury Building, el unicornio que Gaff dejó a la entrada del departamento de Deckard, el descenso de las cortinas en el estudio de Tyrell, Pris a contra luz deslizándose por las calles decrépitas de LA; me he sorprendido escuchando la música de los créditos finales luego de ver un ascensor cerrarse delante mío.

Espero algún día encontrar el momento preciso para citar las palabras correctas de Gaff;  se que a cada rato no me atrevo, aunque quisiera, a enunciar el soliloquio final de Batty, que quiero creer recordaré al morir, porque sigue siendo las más contundentes "famous last words" que puedo imaginar.

Blade Runner no es una obra maestra. Pero marcó mi vida y me sirve como referente para imaginar lo bueno y lo malo del arte y de la vida. Hoy que veré la secuela, estoy seguro que disfrutaré, sin comparar sino refiriéndome y citando mentalmente la primera. Respeto enormemente al director: Denis Villenueve ha hecho joyas y ahora tiene en sus manos la oportunidad de entrar al panteón. Las criticas son generosas y positivas.

No quiero experimentar lo mismo que en 1984, porque no es posible. Lo que quiero es sentir como me sentí el 84: quiero salir del cine tan emocionado, ilusionado e intelectualmente estimulado como cuando vi por primera vez Blade Runner, aunque haya tomado 33 años.

viernes, 28 de julio de 2017

Sobre “Mecanismos de la posverdad” de Jacqueline Fowks

Hoy, que celebramos 196 años del establecimiento de nuestra caótica, confusa y confundida República, nos encontramos para presentar un libro que explora fenómenos de nuestros días pero que, postuló, tienen raíces en nuestras traumas más profundos; fenómenos además relevantes para la salud democrática en el mundo entero. La posverdad, o mejor aún, la variante local de una mutación regional de la posverdad, es analizada impecablemente por Jacqueline Fowks, en un libro que sirve como advertencia de a dónde pueden llevarnos las carencias que nunca hemos enfrentado.

Aclaración liminal: Jacqueline es mi amiga hace más años de lo que ambos podemos recordar sin esfuerzo. Somos hijos de los ochentas y ahora, colegas en la docencia en la PUCP. Nunca la amistad  debe prevenir la crítica o la sinceridad del análisis, pero exige transparencia ante terceros. Puedo entonces ser menos objetivo de lo debido, pero intentaré al menos dejar en claro de dónde vienen y como se sustentan mis halagos, que no son un ejercicio de patería.

Por ello,  comenzaré con las pocas criticas negativas que siento necesario hacer: el libro es quizá más árido de lo necesario, entre otras razones por la abundancia de digresiones a pie de página;  como trata de muchos elementos que se encuentran en medios digitales, resulta siendo difícil de leer sin acceder con facilidad a los enlaces. Es un libro de ensayo académico, accesible a un lector informado, pero con aportes relevantes para la formación profesional de periodistas y para la iluminación de estudiantes de introducciones a la comunicación social. Pero la que considero su audiencia ideal, el ciudadano con vocación republicana del Perú, podría beneficiarse de un enlace maestro, de una página web con todos los enlaces que se ofrecen a lo largo del texto.

Esto no quita potencia al argumento central, sobre la posverdad, y la demanda de una esfera publica más responsable y sincera para los peruanos. Permítaseme un digresión cuasi teórica para aclarar esto.

En la base misma de un gobierno republicano yace la confianza en que, como propuso el abate Sieyes, todos somos el tercer estado: todos somos iguales y todos constituimos la soberanía, sin privilegios de cuna o de función. El encargo de ejercerla, entregado a lo que llamamos gobierno, requiere un acto de confianza, un public trust, que en inglés se refiere a la confianza pública tanto como a la encarnación de dicha confianza en un aparato estatal orientado al interés público. Aunque no siempre se sepa exactamente qué es interés público, se supone que el proceso político debería llevarnos a alcanzar cierto consenso sobre sus contornos, basados en un acuerdo democrático, republicano, sobre el que fundamos todo. Ese public trust que no solo nos declara iguales, sino que nos exige actuar como iguales, sobre todo frente al otro, al que tenemos delante, y que NO tiene las mismas oportunidades que uno: carece de los medios, las relaciones, el tiempo o simplemente la agudeza para ejercer su parte de la vida en común. Los débiles, los que están en desventaja, están en la consideración misma de la noción de una república liberal, moderna.

Una república así construida garantiza el diálogo y la creación de consenso, y postula que sus conflictos pueden ser resueltos dialógicamente en la esfera pública, idealizada en cafés y clubes de debate en el siglo XVIII; pero que ahora es una combinación de voces no siempre armónicas,  expresadas en medios tecnológicos, propia de una sociedad de masas con abundancia comunicativa. Esta esfera se hace evidente gracias a ese cuarto estamento, que no es tal sino un tejido conectivo que permite vernos y hablarnos: los medios de comunicación, y en particular, la prensa. El ideal republicano implica una prensa activa, dispuesta a dar espacio a todos y a no ceder frente al poder: es más, que esté dispuesta a decirle sus verdades al poder.

Claro, es una aspiración, pero que en America Latina no ha sido, casi nunca, ya no alcanzada sino siquiera aludida como un destino al que llegar. Por siglos ya, los que detentan el poder lo hacen para su propio beneficio, en una expresión anti republicana de privilegio que ni siquiera intenta postular que lo hacen para todos; apenas por ratos se ofrece que se hace lo que se hace por el progreso, para que “haya obras” o para que formas de caridad, generosidades genéricas de la autoridad, mejoren ligeramente la vida de algunos compatriotas. Ignorarlos, y peor aún, ignorarlos sistemáticamente, como hemos hecho en el Perú, invalida la noción misma de una república.

Nuestra república sigue sin orientarse al bien común, entre otras razones porque rehusamos imaginarlo así: común, para todos, basado en nuestra colectiva pertenencia a un estamento de iguales, de ciudadanos. No tiene entonces nada de extraño que algunos opten por usar a la prensa como una extensión de la representación de sus intereses, y que en el proceso terminen deteriorando un poco más la posibilidad de encontrar ese public trust que necesitamos para funcionar como país, no como colección de conflictos. La posverdad, preocupación central del trabajo de Jacqueline, no es precisamente novedad en el Perú.

No cabe duda que la posverdad ha sido perfeccionada, cortesía de transformaciones socio tecnológicas que afectan al mundo entero, no solo al Perú. La Internet, imaginada originalmente como un paraíso de opinión considerada y participativa, ha terminado por agudizar hasta el caos la posibilidad que, con algo de práctica y entusiasmo, cualquier posición logre afirmarse en su propia caja de resonancia. Simple proceso de crecimiento: salió de su original jardín encantado de liberales altamente educados para servir a la diversidad de intenciones y representaciones que existen en nuestra tierra. En el proceso, la prensa ha quedado invalidada socialmente y financieramente acogotada, en un terreno reconstruido a la medida de los mercenarios de la información más sesgada y la comunicación menos ecuánime. En donde teníamos una esfera pública construida sobre la cuidadosa y considerada opinión de los gatekeepers, ahora hay una aglomeración de voces que no pretenden guardar las formas ni seguir los pasos de aquellos que se supone encarnan responsablemente el rol del cuarto poder. No solo es la Internet, sin duda: véase Fox News en EEUU, o Willax en el Perú, donde la realidad objetiva es apenas un lienzo sobre el cual dibujar ilusiones mal intencionadas.

Pero los ciudadanos de países del “primer mundo” tienen alternativas: una prensa que acepta su rol al centro de las controversias entre poderes formales, poderes fácticos y sociedad civil permite ampliar el debate y debilitar las tendencias autoritarias. No es garantía de absoluta estabilidad ni tampoco es que todos los medios en semejantes democracias sean impolutos y neutrales: la “verdad” es una construcción discursiva, como lo es la noticia, y un diario puede optar por iluminar, enmarcar o encaminar la “verdad” de maneras tales, y por motivos tan subalternos, en Francia o en el Perú. Finalmente, todo sesgo es reflejo de la manera como construimos esa realidad que no es tan objetiva como quisiéramos creer; pero al menos hay honestidad en los sesgos y hasta cierto punto, transparencia para reconocer errores.

Pero en el Perú, recordemos, solo se cuecen habas. No contamos realmente si no con esbozos ocasionales de medios que sin dejar de lado su propia perspectiva, opten por perseguir sistemáticamente el bien común. Algunos no lo intentan, otros lo definen en sus propios términos, alineada con los intereses de ciertas elites (tecnocracia pro negocios, anyone?); otros simplemente “hacen su chamba” pero sin la perspectiva clara y finalmente, patriótica, que requiere actuar republicanamente. Es por ello más fácil caer en la manipulación de los intereses, escondida tras invocaciones al deber y disimulada con variedad de alimentos para el desayuno, que la prensa termina promoviendo.

La detallada, cuidadosa, documentación de casos de fabricación de la realidad que Jacqueline presenta en este libro no deja duda de la capacidad de los medios peruanos para negarse a construir su propia realidad; la opción por utilizar lo que otros le dan no tiene nada de excepcional: la bestia refinada a la que se refería Tom Wolfe suele concordar sutilmente con el poder, por razones de coincidencia y conveniencia. Coincidencia porque los que toman las decisiones han sido formados y viven en los espacios sociales y políticos de los que también provienen los que deciden qué es la realidad en un medio; conveniencia porque al final de cuentas, de ahí viene la publicidad, las ventas, la validación social. La prensa, incluso la más claramente independiente, no existe fuera de la sociedad que la crea y finalmente, la refleja.

Aclaro: la prensa, no los periodistas. Los actores del periodismo tienen opciones profesionales y finalmente, morales: ser lacayos o caballeros andantes, para ponerlo en caricatura. La ausencia de periodistas con peso propio en los medios más importantes del país nos da una señal de la falta de distancia entre el poder y los periodistas.

En un contexto así, la abundancia de medios digitales fortalece la posverdad. Para cada Wikileaks, saludado ingenuamente como contra poder por la izquierda menos aggiornada, hay un InfoWars. Para cada ciudadano dispuesto a financiar Ojo Público, hay un tejido de medios supuestamente de “periodistas” que en realidad sirve a intereses disimulados u opacos. Cacofonías múltiples que impulsan sin mucho pudor opiniones que son falazmente llamadas periodismo; y que dicen ser verdaderamente independientes cuando apenas cubren, translúcidamente, su curiosa coincidencia constante con el poder fáctico que los financia.

¿Un buen ejemplo? “Terruco”, que aparece como el insulto primordial: descalifica, cambia los términos de la conversación, impide dialogar, y encima sirve para convocar lealtades específicas. Perfecta manera de apelar a lo más bajo de la política nacional como imprecación pero también como discurso: el que lo usa quiere quitar por completo la legitimidad del interlocutor, quiere sacarlo de la sociedad y deshumanizarlo hasta hacerlo un apestado social. Y nadie lo cuestiona, nadie lo dice y nadie lo condena. Me alegra leer un argumento tan contundente contra esa práctica nefasta en este libro.

Nuestra posverdad, entonces, resulta siendo la versión local de lo que ocurre en el mundo, pero también es la actualización de prácticas que la prensa ha encarnado por demasiado tiempo. Una exacerbación de estilos centenarios que continúan debilitando nuestra posibilidad de ser una sociedad transparente y una república más allá del nombre. Luchar contra semejante status quo es imprescindible si queremos sinceramente que el Perú sea de todos, por todos, para todos. Agradezco a Jacqueline el privilegio de leer, por adelantado, un alegato tan poderoso en favor de ese ideal superior, y felicito su labor, que merece ser leída por todos los peruanos de buena voluntad.

Lima, 28 de julio de 2017.

lunes, 8 de mayo de 2017

El post LASA: ¿qué es entonces América Latina ?

La Asociación de Estudios Latino Americanos, que tiene 51 años de fundada, tuvo su conferencia anual en Lima hace una semana. Más que LASA, ha sido la conferencia como evento y como intercambio de ideas la que ha dejado muchas preguntas. Es una buena señal que semejante cosa suceda, pues indica que ha logrado sacudir la inercia local y hacernos pensar un poco más en grande. Pero como siempre, quedan muchas respuestas pendientes.

Comienzo aclarando que LASA es un organización, y un evento, muy disparejo, en buena medida por la manera como los departamentos de estudios latinoamericanos se constituyen en los EEUU, siendo este país el terreno originario de esta organización. Historia, Literatura, Antropología, sí; Arqueología, Comunicaciones, Psicología, no. No hay nada particularmente tenebroso en estas omisiones, sino la historia de los intereses de la academia de los EEUU y los sesgos inherentes a este interés; pero hay que volver a ellos luego.

Considerando estas carencias, también hay pensar en el origen "latinoamericano" de LASA. Cuando es creada en los sesentas, la ola de modernización tecnocrática estaba en pleno auge aunque ya mostraba sus limitaciones. Luego de los distintos arrebatos populistas con sesgos de derecha o de izquierda que fuerzan un modernización inicial alrededor de la década de los cuarenta (pensemos en el peronismo argentino, el Estado Novo brasileño, o Cárdenas que termina con décadas de conflictos en México), los sesenta son el tiempo de la segunda modernización, mucho más "arriba-abajo", diseñada por expertos, y latinoamericana en alcance, cortesía de la CEPAL y similares. Al mismo tiempo, LASA nace cuando una primera generación de científicos sociales latinoamericanos comienza a trazar el camino profesional de una serie de disciplinas que ahora son comunes pero que entonces eran muy novedosas, como la sociología, la economía como la entendemos ahora, o la misma antropología.

Los problemas eran latinoamericanos en el gran sentido del término: como región, carecíamos de autonomía conceptual para enfrentar las preguntas que nos eran exclusivas, en un período en el que las discusiones intelectuales en Africa o Asia estaban todavía lejanas y donde los centros académicos de Occidente irradiaban no solo dirección intelectual, sino posturas políticas. No había suficiente comprensión al detalle, profesional, de cada país; pero el esfuerzo de los pensadores de esa primera hora, con la teoría de la dependencia por ejemplo, sirvió para iluminar de manera general los problemas de cada país, y desde ahí iniciar el desarrollo, con mayor o menor éxito, de la academia latinoamericana, y en América Latina.

Esta tendencia se plasmó en grandes obras "latinoamericanas" que ahora no existen. En mi campo, autores como García Canclini o Martin Barbero ofrecieron visiones integradoras de lo que ocurría en la región que llegaron más tarde que en otras áreas (ochentas en vez de sesentas / comienzos de los setentas) pero que igual sirven hasta ahora como inspiración si no necesariamente como programa de investigación. La especialización y profesionalización, y las distintas características institucionales de lo académico en cada país de la región, han creado distintos grados de desarrollo de cada campo; pero no hay mucho "latinoamericanismo" sino más bien "latinoamericanidad": coincidencias no epistemológicas, pero sí conceptuales, para tratar los temas de la región, y grandes espacios de encuentro en los que se debate la especificidad nacional y se descubren similitudes o diferencias. El grado de rigor varia de disciplina en disciplina y de país en país.

Esto tiene que ver con la profesionalización, sin duda, y ahí es donde la influencia de los EEUU es significativa; no solo porque institucionalmente nuestros países adoptando prácticas claramente cercanas a las de EEUU y Europa post-Boloña, sino porque la formación de muchos académicos latinoamericanos pasa por los EEUU y su estilo de hacer ciencia social. En particular, la idea de acercarse a lo local / nacional para esclarecer los puntos teóricos o conceptuales en disputa hace que cada caso se vea bajo una lógica muy distinta a la que se usa cuando se buscaba comprender lo que le pasaba a la región y al país, pero en función de una comprensión crítica de las carencias de nuestras sociedades. No estamos tratando de entender para cambiar sino solo de entender para expandir el corpus académico; sin duda el cambio igual puede provenir de esa expansión, pero aparte de más etapas, la búsqueda de neutralidad intelectual quita premura o urgencia al cambio como objetivo (aparte de ser, en muchos casos, una ilusión).

Ciertamente, el quiebre de los noventas es también un asunto crítico para evaluar a LASA: la profesionalización también tiene que ver con la des-politización de las ciencias sociales, producto de la colección de colapsos que ocurren entre 1989 y 1991. No es una simplificación constatar que ese trienio acabó con más sueños que casi cualquier otro que no haya involucrado guerras en la historia contemporánea, y los acontecimientos locales (por ejemplo, el desvanecimiento del movimiento popular y consiguientemente, de la izquierda en el Perú) se articulan con los internacionales para dejarnos sin claridad sobre lo que debe hacer la política y también, las ciencias sociales.

Si por décadas las ciencias sociales habían encontrado, en distintos grados y estilos, coincidencias entre los objetos de estudio y las preocupaciones políticas de los mismos, con las preocupaciones política de los académicos e investigadores, resultó de pronto que tal cosa ya no era así, y por los noventas se pasó por una transición incomoda en donde nada parecía llenar el vacío político, mientras que a nivel conceptual y pragmático las ciencias sociales se volvían más profesionales y miraban, con cierta pausa, a los EEUU como un paradigma. Coincide esto con ejercicios de modernización impresionantes, como el brasileño, que crea un sistema nacional durísimo de incentivos y obligaciones que separa de la movilización política explicita a los académicos, que tienen que sobrevivir como profesionales en un entorno mucho más exigente que antes.

Es a partir de los 2000 que un intento de re-politizar el trabajo académico comienza, tentativamente, mediante la rehabilitación o reinvención de las temáticas de estudio. Por ejemplo, lo indígena, que como categoría había sido desplazada casi por completo en el Perú cortesía de Velasco y la izquierda, regresa poco a poco, tanto a nivel político como académico. Similarmente, el género y la cuestión de LGTBIQ, que aparecieron plenamente a partir de la década pasada; no es que no hayan existido, para nada: abundante bibliografía sobre el tema de género, desde multiples miradas, existe en America Latina desde los sesenta. Pero es el enfoque casi independiente, como categoría que no conecta con las grandes narrativas anteriores, lo que distingue aquel periodo; ahora en cambio son reflexiones centrales a las ciencias sociales globales, y también han tomado ese espacio en América Latina.

Esto conecta con la  enorme influencia del norte global, y específicamente, de la academia de los EEUU: el activismo académico comienza a recoger y promover miradas críticas desde conceptos que sin ser nuevos (estudios culturales, subalternos y decoloniales, por ejemplo) se vuelven más consistentes y mucho más conscientes de su importancia política. Tomará un tiempo para que se llegue a la mirada interseccional, que está en auge en la actualidad, pero todo este proceso llega a America Latina desde el norte global, y es recogido y encaminado en las diversas especificidades locales por activistas y académicos conectados con ese norte global que a veces recibe poco cariño, o directamente desprecio, de parte de muchos de aquellos que precisamente, son parte de movimientos con conexiones evidentes con aquel.

Volvamos a LASA. Variedad de críticas se plantean a una cuestión específica, el costo de participación. Se lo ve como una demostración de la lejanía de la academia global de las realidades de las universidades peruanas, una normalización de cierto estilo de profesionalización que en realidad está alejada de nuestras necesidades y preocupaciones, o que ofrece una mirada condescendiente sobre lo que se hace en America Latina, solo aceptando a los conectados, a los que han creado un símil, un reflejo del estilo académico profesional de los EEUU, en sus países. El resto, el verdadero sur global o la verdadera academia peruana, queda fuera.

Con esta crítica también conecta la cuestión de la organización de la academia. ¿Debe esta conectarse con las luchas populares? ¿O más bien debe conectarse con la academia global? En ambos casos, ¿como así se hace? En los extremos está desde el dejar de usar "America Latina" a favor de "Abya Yala", hasta dedicarse a publicar en revistas Scopus sin importar quién o cuántos te lean. En otras palabras, ¿qué le da legitimidad a la academia latinoamericana? ¿la conexión global o la relevancia local? ¿cuán conectadas están en realidad ambas dimensiones?

LASA es bastante acogedora a una variedad de posibles respuestas: uno puede escuchar ponencias que van desde la interseccionalidad más intensa hasta la demarcación disciplinaria más convencional; llamados al trabajo académico casi monacal concurren con los gritos por tomar las atalayas institucionales para dedicarlas a la transformación social.

No voy a intentar discernir cuál es la transformación social a la que se refieren los más dedicados a ese reclamo, ni tampoco voy a pretender que el trabajo académico "puro" puede existir. Pero sí me quiero preguntar si es posible hacer cualquiera de los dos bajo cualquiera de los dos patrones en disputa.

En el primer caso, la profesionalización lleva a un acercamiento tan granular a los problemas sociales, tan dedicado al dialogo entre especialistas, que la capacidad de incidencia académica resulta mínima. Es una torre de marfil simpática, con muebles Ikea, WiFi de alta velocidad y muchas suscripciones a abstrusas disquisiciones muy sofisticadas, pero que no son capaces realmente de conectar con la sociedad salvo que se trate de intelectuales con vocación pública y tiempo para dedicarse a ellas, y que logren ser relevantes en dos campos casi inconexos, la alta especialización y el debate público. Fantásticos puestos en los rankings pero baja relevancia social hacen que cuando haya una crisis económica o política, aparezca como evidente el recortar la inversión a aquello que no tienen constituency alguna en la sociedad. Ergo, el académico profesional cosmopolita puede terminar abandonado, sin soga ni cabra y sin LASA.

Pero el académico comprometido puede terminar anclado en panfletos y sin lograr más relevancia que aquella que se le conceda desde el movimientismo. Encima, si se acepta que los actores sociales actuales tienen agendas que solo se encuentran en un ejercicio interseccional, y que no son mayoritarios en un continente donde, a diferencia del norte global, son las mayorías las que están en desventaja económica y social, parece ser que se optaría por abandonar cualquier reflexión que incorpore a los millones de personas que no caen en ninguna de las categorías que constituirían lo que llamamos "la causa por el buen vivir", pero que siguen siendo parte del sujeto social que antes estaba en la base misma de la reflexión académica, a partir de lo que difusamente se llamaba "el pueblo". El intelectual comprometido resulta entonces una respuesta tan poco conveniente como el académico profesional cosmopolita.

Parece ser más fácil ser latinoamericano en la segunda opción, porque las temáticas se prestan más para ello. Pero en realidad es complicado postular una reflexión sistemática y conceptualmente sólida desde cualquiera de los dos lados, porque al final de cuentas las diferencias nacionales y las realidades políticas jalan en direcciones muy distintas y terminan por ofrecernos tantas contradicciones efectivas que solo cierta opción por no escuchar otras voces permite anclarse en una de las dos posiciones. Cierto profesionalismo, que ofrece la posibilidad de mantenerse al día y de dialogar con colegas en entornos más exigentes, es indispensable incluso si se quiere abandonar los paradigmas granulares de la academia profesional.

Entonces esto permite conectar con el punto más superficial, sobre precios y oportunidades. Si LASA, como conferencia, ofrece la oportunidad de acercarse tanto al profesionalismo cosmopolita como al localismo interseccional, y tu campo está bien representado, es una buena inversión, pero no solo como asistencia a un congreso, sino como parte de un tejido institucional mucho más flexible y potente que el que ofrece el ilusionista del diálogo "sur-sur", que resulta más parecido a un abandono de las exigencias formales, económicas y finalmente epistemológicas que plantea una institución como LASA.

Esto implica reconocer y luchar contra las carencias institucionales que impiden que un académico peruano pueda participar en LASA o en congresos similares, no en descartarlos por ser "parte del imperio" o argumentos parecidos. Ciertamente no siempre se puede ir, y a veces realmente no es relevante, como lo es en mi caso. Pero lo ideal es que todos tengan oportunidades de intentar averiguarlo, para encontrar un espacio que permita optar por formas de ser académico que no sean tan predecibles ni dependientes de cierto estilo local o global, que se convierten en camisas de fuerzas.

Lo que no resuelve la pregunta por "América Latina". LASA es una feria, no un relato unificador. Pero sin espacios como este es difícil imaginar que algún día volveremos a tener miradas continentales, no solo colecciones de colecciones, temáticas o geográficas. Ahí hay un pendiente, que comienza por preguntarse si es viable vernos como un todo.

jueves, 30 de marzo de 2017

El espía en la caja: electrodomésticos, teléfonos y otras formas de saber qué es lo que estás haciendo

(Publicado en Brújula, de la Asociación de Egresados PUCP, marzo 2017).

Las recientes revelaciones sobre la capacidad de espionaje de la CIA usando electrodomésticos han causado una natural sorpresa. Si bien se refiere a aparatos relativamente antiguos, y en algunos casos con fallas corregidas por sus fabricantes, esta situación nos recuerda también revelaciones que en 2014 hizo Edward Snowden, de herramientas similares usadas por otra agencia de espionaje de EEUU, la NSA. Estamos ante casos de lo que se conoce como MASINT, o inteligencia de mediciones y reconocimiento, en donde se usa las características de un equipo para determinar ciertos comportamientos o datos. Esta complementa una forma mucho más tradicional de inteligencia, la llamada SIGINT o inteligencia de señales, que captura datos entre dispositivos con el fin de penetrar redes o computadoras. 

Entre lo más llamativo está un programa muy especifico Weeping Angel, desarrollado con la inteligencia británica y cuyo nombre es referencia a la serie de televisión de la BBC Doctor Who, donde se usa smart TVs para capturar imágenes usando la cámara que tiene el aparato. Aunque esto solo funciona con ciertos televisores Samsung y nada indica que uno actual tenga la vulnerabilidad específica que hace posible que Weeping Angel funcione, la idea que el televisor que tenemos en casa permita que un tercero nos vea es por lo menos inquietante. 

Esto es lo más interesante para el ciudadano de a pie. Pocos de nosotros seremos sujetos de vigilancia de un servicio de inteligencia con herramientas como estas, pero lo cierto es que hay muchas empresas internacionales que tienen acceso, formal o no, a estas herramientas, y que pueden usarlas para sus propios fines. Cada vez más aparatos domésticos están conectados a la Internet, y la seguridad de estos equipos es baja cuando existe; por lo tanto no es inverosímil que un actor privado, criminal o no, pueda espiarnos mediante electrodomésticos o dispositivos digitales. 

Por ejemplo, hace poco en Alemania se sacó de circulación la muñeca Cayla, que podía conversar con los niños y contaba con una cámara; se detectó que era fácil de hackear, y que todo tipo de persona podía obtener imágenes y videos de aquellos que jugaran con ella. Por otra parte, empresas como Hacking Team, de Italia, han vendido servicios a politicos en Mexico para espiar y hostigar a sus rivales, sin que sea posible detectar cómo ocurrió este abuso. Solo la atención de activistas permitió descubrir estos casos de privatización del espionaje, sin que el estado se enterara de nada en cada caso. Errores básicos de seguridad por parte de los usuarios facilitan el espionaje, como pasó con miembros del equipo de Hillary Clinton durante las elecciones de EEUU 2016. 


Es la privatización del espionaje, junto con la fragilidad de la seguridad digital en general, lo que hace necesario estar alertas. Saber qué está pasando en este campo y qué se puede hacer para evitar ser objeto de espionaje es tan urgente como saber como evitar que nos hackeen el correo, o que nos roben las cuentas bancarias. Las comodidades de la vida digital vienen con sus costos, y en este caso se trata de ser vigilantes con la vigilancia. 

viernes, 10 de marzo de 2017

Asuntos internos: 100

Entonces llegamos a ese punto en donde cumplimos 100 años. Nada despreciable cifra para una universidad peruana, especialmente una privada, puesto que la mayoría de estas fueron creadas a partir de los sesenta (andan por los cincuenta) o los noventa (anda por los veinte). Más todavía, cuando somos una anomalía regional: indiscutiblemente entre las primeras, a veces la primera universidad del país, considerando las variables habituales, lo común en América Latina es que ese rol sea de la universidad pública.

Las anomalías no terminan ahí: somos una universidad católica y pontificia que reivindica una herencia pero no obediencia, y que se asume y demanda ser reconocida como autónoma de la iglesia católica, sobre todo en los debates y decisiones en que el consenso académico occidental va a contrapelo de la posición de la iglesia; tras casi un par de décadas, se ha logrado consagrar un status quo aceptable con la jerarquía de la iglesia católica, a pesar de la mala fe de algunos de sus "príncipes", y finalmente se avizora cierta paz y relaciones cordiales, al menos con la curia vaticana. La PUCP además es una universidad con vocación cosmopolita en una sociedad que adolece de provincialismo y de nacionalismo: el Perú no se mira en el espejo de lo que pasa en el mundo y encima, opta por defender lo propio como virtud incluso cuando no lo es.

Sumémosle a eso que la PUCP está aceptablemente bien gerenciada: las cosas funcionan, casi nunca se pierde algo o un trámite se entrampa, se juega limpio y la influencia de familia y amigos es menor, subterránea y casi nunca tiene efectos oficiales (nadie te cambia las notas ya registradas porque es tu pata, digamos). Tiene servicios aceptables, bibliotecas y recursos académicos bastante adecuados, y un campus que a pesar de cierta sobrecarga estudiantil y de una perdida de civismo notoria, sigue siendo un lugar agradable.

Todo lindo, ¿no? Pues no todo. Mucho está pendiente y hay una serie importante de preguntas que hacerse.

Hay turbulencias. Tras los años de conflicto, no está claro el camino a futuro, entre otras cosas porque la necesidad de cohesión interna, el conservadurismo casi ontológico de la institución y la falta de espacios definidos para hacer política interna, han creado un gran vacío de liderazgo. Hace una semana que la Asamblea Universitaria tuvo que optar entre aceptar la entrega a disposición del cargo del equipo rectoral o una decisión sobre su continuidad, lo que era, si se me permite el giro mareado, ponernos entre Escila y Caribdis: no aceptar significaba dos años más de un equipo rectoral re-elegido para terminar un proceso con la iglesia católica que ya terminó; aceptar significaba aventarnos a una elección de rectorado en dos meses con poco o nada de preparación, más allá de manifestaciones individuales de interés que realmente no reflejan posiciones colectivas o siquiera grupos definidos de interés al interior de la universidad. Se optó, como suele ser el caso, por la salida menos desestabilizadora, pero la pregunta obvia es cuándo se comenzará a hacer política entre los profesores para pensar a dónde llevar a la universidad.

Hay un conflicto con los alumnos, de baja intensidad y más reflejo de intereses individuales que de una diferencia fundamental de posiciones sobre el propósito y la gestión de la universidad. Todavía resuena la decisión de acabar con el básico, "un derecho estudiantil", como una agresión institucional; esto demuestra la precariedad de la oposición, que está defendiendo un privilegio (alimentación subvencionada para todos) y no algo que realmente haga más asequible la universidad a aquellos que no cuentan con los recursos para pagarla. Hay protestas por los costos, pero son fragmentadas e inconsistentes. No hay un movimiento estudiantil, hay estudiantes movilizados: esto no es nuevo, sino reflejo de un país en donde la pequeña elite de clase media que formaba la PUCP hace cincuenta o cuarenta años ha sido reemplazada por una gran diversidad de estudiantes que vienen de entornos des-politizados, donde la reivindicación gremial es vista inherentemente como conflicto, en una caricatura del sindicalismo clasista de antaño. Ciertamente hay diferencias, pero estás se convierten en conflictos muy fácilmente, gracias también a la falta de oido de las autoridades, no hay que negarlo.

Hay proyectos superpuestos: mientras se inician grandes ideas como la escuela gastronómica, que parece a veces ser una suerte de refundación de la república por las escalas retóricas sobre la que se monta, facultades con diez o veinte años no están contentas con sus instalaciones o el acceso a recursos. Aparecen nuevas iniciativas y se multiplican las instancias administrativas: la vieja broma sobre la existencia de una versión particular PUCP de la segunda ley de la termodinámica (los puestos no se crean ni se destruyen, solo se transforman) parece ser tan válida como siempre.

¿Hay feudos? ¿Pequeñas provincias que reivindica soberanía casi como un estado federal? Algo de eso hay también. No hay como discernirlo porque la universidad ha optado por no definir con claridad como medir y evaluar el éxito o fracaso de sus varias instancias, con lo que no hay como juzgar si algo o alguien debería dejar de hacer lo que hace. Todo es más o menos intuitivo, lo que se presta a la arbitrariedad o al menos a un laisser passer que no hace mucho bien si nos pretendemos modernos y eficientes.

Pero se podría decir que en realidad todo esto no es más que una secuencia de detalles. Lo importante es el lugar que esta universidad, humanista, comprometida con el pensamiento científico y con la libertad de pensamiento, sin fines de lucro, cosmopolita, tiene o puede intentar tener en un país que parece ser todo lo contrario.

Recuerdo haber escuchado historias sobre el cincuentenario. Hubo un acto académico, naturalmente en el centro de Lima, quizá en el teatro Segura. Luego de los panegíricos, habló el presidente de la FEPUC (se me escapa en el recuerdo su nombre): fue una imprecación donde se le preguntó a la universidad qué estaba realmente haciendo por el Perú en ese momento, qué había hecho durante cincuenta años. Propia de sus tiempos, puesto que en 1967 todo se cuestionaba y se asumía que iba a cambiar de pies a cabeza pronto. Sin duda el país cambió: apenas un año después vino el gobierno más radicalmente transformador del Perú, que cortó con los debates de la época para crear muchos nuevos.

¿Qué habría que exigirle a la Universidad a sus cien años? Fuera de lo cotidiano o lo puntual, digo. Todos queremos mejores sueldos, mejores condiciones de trabajo, menos alumnos que paguen menos. Evidentemente es imposible lograr todo eso al mismo tiempo, evidentemente es necesario escoger y graduar. ¿Qué queda luego que solicitamos y pedimos una gestión clara, de calidad, sistémica?

Yo tengo mis respuestas, pero no paso de ser un mero profesor asociado. Lo importante es la construcción colectiva de esas respuestas, el asumir que la chamba es de todos si queremos que los 110, 120 o 200 años nos agarren con algo más para celebrar que el haber continuado operaciones. Más allá de edificios, misiones y visiones, y de obras, lo que la Pontificia Universidad Católica del Perú necesita, urge, es una comprensión colectiva, deliberada y deliberante, de su rol en la sociedad peruana y de las rutas que debe tomar para lograrlo. Quizá esa comprensión se parezca un montón a los planes y esquemas que ya se han hecho; pero lo importante es que dialoguemos con el país, no solo entre nosotros.

Seamos cosmopolitas con nuestros compatriotas también: incluyamos realmente al país en nuestro destino.

lunes, 27 de febrero de 2017

¿Para qué tenemos una Biblioteca Nacional?

Hace unos 25 años, cuando todavía era bibliotecario, se planteó de manera informal que la Biblioteca Nacional, que sufría las carencias post-ochentas, fuera desactivada. Los materiales históricos, como las colecciones especiales, pasarían a universidades según propuestas; la parte de servicio público, simplemente sería encargada a la Municipalidad. El resto, bueno, nadie lo discutió mucho. El mínimo alboroto que se armó garantizó que no pasara de una idea.

Pero lo que no se llegó a discutir, en esos tiempos ore-digitales, es para qué teníamos una biblioteca nacional. Hoy, que nadie pensaría que hay que desactivarla, igual viene al caso la pregunta, dada la aparente falta de interés, o cuando menos de claridad, que el ministerio de Cultura muestra con esa institución. Más allá de las discusiones sobre las razones que tuvo el ministro anterior para aburrir hasta la renuncia al director anterior, Ramón Mujica, la ausencia de decisiones sigue apuntando a la falta de una idea clara de para qué hemos de mantener una Biblioteca Nacional.

Ni siquiera cuando era bibliotecario en ejercicio fue especialista en bibliotecas nacionales; no pretendo saber al dedillo el trabajo que realiza el personal actual, salvo para acotar que tienen enormes limitaciones dada no solo la falta de dinero, sino de claridad política. Los directores suelen ser personas que, más allá de su buen, mal o indiferente trabajo, no logran articular una visión clara de para qué invertir en la institución; la profesión bibliotecaria, que no es precisamente enorme ni muy presente en el mundo político, tampoco ha logrado crear esa visión, más allá de la mirada tradicional que ve en la Biblioteca Nacional un apostolado y una cuna de la profesión.

Lo interesante es que las bibliotecas nacionales más activas no han cambiado mucho durante los años del desarrollo digital. Sus tres tareas principales se han transformado, pero no han dejado de ser importantes ni han perdido relevancia cuando las hayan tenido: las bibliotecas nacionales siguen preocupándose del patrimonio documental de un país; siguen promoviendo, articulando o respaldando el trabajo de las bibliotecas públicas, de acuerdo a las costumbres de cada país; y siguen siendo el centro nervioso de ciertas políticas, como el derecho de autor y el deposito legal, que pueden ser críticos para un país dependiendo de las circunstancias.

El problema es que en el Perú pensamos solo en lo primero, y los dos otros aspectos son o ignorados o minimizados. Ni la importancia que puede tener la BN para temas de derecho de autor, propiedad intelectual y deposito legal está reconocida ni siquiera implícitamente en la legislación, salvo obligar el deposito legal para ciertos materiales en ciertos circunstancias. La promoción de la lectura, que tiene más formas que la hora del cuento para niños, y la articulación de las bibliotecas públicas casi inexistentes en el país, no aparece para nada.

Pero incluso en patrimonio no tenemos muy presente a la BN, a pesar que debería ser crítica, y no por lo que ya tiene. El punto es que solemos pensar en la BN como una suerte de glorioso deposito de obras del pasado, como un custodio de lo que debemos conservar, porque es importante aunque no esté muy claro por qué. Pero las bibliotecas nacionales han optado hace un buen rato por ser más que custodias de patrimonio (de nuevo, con diferencias específicas de historia de cada país); son las que capturan, promueven y protegen el patrimonio que estamos creando ahora.

Solo un ejemplo, puntualisimo: la Biblioteca del Congreso de los EEUU, que es la biblioteca nacional de ese país, tiene una colección llamada El Registro Nacional de Películas, en el que está incorporadas las películas que se consideran cultural, histórica o estéticamente significativos, para ser preservados por encargo de la Nación. No reemplazan las colecciones privadas o la explotación comercial, sino que estas copias garantizan que el patrimonio de la Nación será cuidado más allá de los intereses individuales. Si tiene  más de 10 años de realizado, el film puede ser uno de los 25 que se incorporan cada año. Duck Amuck acompaña a Duck Soup y a Newark Athlete, de 1891. El patrimonio de una nación, en otras palabras.

Una Biblioteca Nacional es un espacio para crear el patrimonio, no a través de colecciones sino de visiones del país. Un programa activo de rescate de la cultura expresada en distintos formatos y lenguajes serviría para que nuestro país tenga una manera más amplia y diversa de verse a sí mismo. Una institución capaz de construir esa visión sin presiones políticas y sin apuros comerciales sería fundamental para construir nuestra memoria colectiva, que tiene que alimentarse de los productos culturales que hemos ido creando, dispersa y confusamente, por casi 200 años.

Para eso necesitamos una Biblioteca Nacional. Ojalá quien sea finalmente el director o directora tenga el coraje de ir más allá de lo habitual y proponerse mirar el Perú desde todos los ángulos, voces y medios, e intente liderar esa construcción colectiva de nuestra cultura registrada. Ojalá.